Versículos 1—7. La imagen de oro de Nabucodonosor. 8—18. Sadrac y sus compañeros rehúsan adorarla. 19—27. Son echados a un horno, pero son preservados milagrosamente. 28—30. Nabucodonosor da la gloria a Jehová.
Vv. 1—7. Probablemente la altura de la imagen, unos veintisiete metros, incluía un pedestal y, muy probablemente, solo estaba recamada con placas de oro, no siendo una masa sólida de ese metal precioso. —El orgullo y el fanatismo hacen que los hombres exijan que sus súbditos sigan su religión, buena o mala, y pocos se niegan cuando el interés mundano y el castigo abruman. Esto es fácil para el indolente, el sensual y el infiel, que constituyen la gran mayoría, y muchos irán por esos caminos. Nada es tan malo, que el mundo negligente no deje atraer por un concierto de música en vez de ser echado en un horno ardiente. La adoración falsa se ha establecido y se mantiene con tales métodos.
Vv. 8—18. La devoción verdadera calma, aquieta y ablanda al espíritu, pero la superstición y la devoción hacia dioses falsos inflama las pasiones de los hombres. Hay poca alternativa: conviértete o arde. Los soberbios todavía están dispuestos a decir como Nabucodonosor: ¿Quién es Jehová que yo deba temer su poder? Sadrac, Mesac y Abed-nego no vacilaron si debían obedecer o no. La consideración no era la vida o la muerte. Quienes eviten el pecado no deben parlamentar con la tentación cuando es abiertamente malo lo que nos seduce o atemoriza. No hay que detenerse a pensarlo, sino que, como hizo Cristo, decid: ¡Vete de mí, Satanás! —Ellos no pensaron una respuesta evasiva cuando se requirió una respuesta directa. Los que ponen su principal interés en su deber no deben angustiarse ni temer. Los siervos fieles de Dios saben que es poderoso para controlar y dominar a todas las potestades armadas contra ellos. Señor, si quieres, puedes. Si Él está por nosotros, no tenemos que temer lo que pueda hacernos el hombre. Dios nos librará, sea de la muerte o por medio de la muerte. —Ellos deben obedecer a Dios y no al hombre; más bien deben sufrir que pecar; y no deben hacer el mal para que venga el bien. Por tanto, ninguna de estas cosas los conmovió. Salvarlos de cometer pecado fue un milagro tan grande en el reino de la gracia, como sacarlos sanos y salvos del horno ardiendo lo fue en el reino de la naturaleza. El temor al hombre y el amor al mundo, especialmente la falta de fe, hacen que los hombres se rindan a la tentación, mientras una firme convicción de la verdad los librará de negar a Cristo o de avergonzarse de Él. Tenemos que ser mansos para responder, pero debemos ser decididos para obedecer a Dios antes
que al hombre.
Vv. 19—27. Que Nabucodonosor caliente su horno tan fuerte como pueda, que unos pocos minutos terminarán el tormento de los que fueron arrojados dentro, pero el fuego del infierno tortura y no mata. Los que adoraron la bestia y su imagen, no tienen descanso, pausa ni momento libre de su dolor, Apocalipsis xiv, 10, 11. —Esta gran promesa se cumplía ahora al pie de la letra, Isaías xliii, 2: Cuando pases por el fuego no te quemarás. Dejando el sacarlos a ese Dios que los preservó en el fuego, caminaban de aquí para allá en medio del fuego, sostenidos y animados por la presencia del Hijo de Dios. Los que sufren por Cristo tienen su presencia en sus sufrimientos aun en el horno ardiendo, y en el valle de sombra de muerte. —Nabucodonosor los reconoce como siervos del Dios Altísimo; un Dios capaz de librarlos de su mano. Nuestro Dios es el único fuego consumidor, Hebreos xii, 29. Si tan sólo pudiéramos mirar en el mundo eterno, veríamos al creyente perseguido a salvo de la maldad de sus enemigos, mientras que éstos están expuestos a la ira de Dios y atormentados en el fuego que nunca se apaga.
Vv. 28—30. Lo que Dios hizo por estos siervos ayudó a mantener a los judíos en su religión mientras estuvieron en el cautiverio, y a curarlos de la idolatría. El milagro produjo convicción profunda en Nabucodonosor. Pero no hubo cambio permanente en su conducta. —El que preservó a estos judíos piadosos en el horno ardiendo es capaz de sostenernos en la hora de la tentación y de impedir que caigamos en pecado.
Vv. 1—7. Probablemente la altura de la imagen, unos veintisiete metros, incluía un pedestal y, muy probablemente, solo estaba recamada con placas de oro, no siendo una masa sólida de ese metal precioso. —El orgullo y el fanatismo hacen que los hombres exijan que sus súbditos sigan su religión, buena o mala, y pocos se niegan cuando el interés mundano y el castigo abruman. Esto es fácil para el indolente, el sensual y el infiel, que constituyen la gran mayoría, y muchos irán por esos caminos. Nada es tan malo, que el mundo negligente no deje atraer por un concierto de música en vez de ser echado en un horno ardiente. La adoración falsa se ha establecido y se mantiene con tales métodos.
Vv. 8—18. La devoción verdadera calma, aquieta y ablanda al espíritu, pero la superstición y la devoción hacia dioses falsos inflama las pasiones de los hombres. Hay poca alternativa: conviértete o arde. Los soberbios todavía están dispuestos a decir como Nabucodonosor: ¿Quién es Jehová que yo deba temer su poder? Sadrac, Mesac y Abed-nego no vacilaron si debían obedecer o no. La consideración no era la vida o la muerte. Quienes eviten el pecado no deben parlamentar con la tentación cuando es abiertamente malo lo que nos seduce o atemoriza. No hay que detenerse a pensarlo, sino que, como hizo Cristo, decid: ¡Vete de mí, Satanás! —Ellos no pensaron una respuesta evasiva cuando se requirió una respuesta directa. Los que ponen su principal interés en su deber no deben angustiarse ni temer. Los siervos fieles de Dios saben que es poderoso para controlar y dominar a todas las potestades armadas contra ellos. Señor, si quieres, puedes. Si Él está por nosotros, no tenemos que temer lo que pueda hacernos el hombre. Dios nos librará, sea de la muerte o por medio de la muerte. —Ellos deben obedecer a Dios y no al hombre; más bien deben sufrir que pecar; y no deben hacer el mal para que venga el bien. Por tanto, ninguna de estas cosas los conmovió. Salvarlos de cometer pecado fue un milagro tan grande en el reino de la gracia, como sacarlos sanos y salvos del horno ardiendo lo fue en el reino de la naturaleza. El temor al hombre y el amor al mundo, especialmente la falta de fe, hacen que los hombres se rindan a la tentación, mientras una firme convicción de la verdad los librará de negar a Cristo o de avergonzarse de Él. Tenemos que ser mansos para responder, pero debemos ser decididos para obedecer a Dios antes
que al hombre.
Vv. 19—27. Que Nabucodonosor caliente su horno tan fuerte como pueda, que unos pocos minutos terminarán el tormento de los que fueron arrojados dentro, pero el fuego del infierno tortura y no mata. Los que adoraron la bestia y su imagen, no tienen descanso, pausa ni momento libre de su dolor, Apocalipsis xiv, 10, 11. —Esta gran promesa se cumplía ahora al pie de la letra, Isaías xliii, 2: Cuando pases por el fuego no te quemarás. Dejando el sacarlos a ese Dios que los preservó en el fuego, caminaban de aquí para allá en medio del fuego, sostenidos y animados por la presencia del Hijo de Dios. Los que sufren por Cristo tienen su presencia en sus sufrimientos aun en el horno ardiendo, y en el valle de sombra de muerte. —Nabucodonosor los reconoce como siervos del Dios Altísimo; un Dios capaz de librarlos de su mano. Nuestro Dios es el único fuego consumidor, Hebreos xii, 29. Si tan sólo pudiéramos mirar en el mundo eterno, veríamos al creyente perseguido a salvo de la maldad de sus enemigos, mientras que éstos están expuestos a la ira de Dios y atormentados en el fuego que nunca se apaga.
Vv. 28—30. Lo que Dios hizo por estos siervos ayudó a mantener a los judíos en su religión mientras estuvieron en el cautiverio, y a curarlos de la idolatría. El milagro produjo convicción profunda en Nabucodonosor. Pero no hubo cambio permanente en su conducta. —El que preservó a estos judíos piadosos en el horno ardiendo es capaz de sostenernos en la hora de la tentación y de impedir que caigamos en pecado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario