sábado, 7 de febrero de 2009

Comentario al libro de Daniel

DANIEL
Daniel fue de noble cuna, si es que no era de la familia real de Judá. En su juventud fue llevado
al cautiverio en Babilonia, en el cuarto año del reinado de Joaquín, 606 a. C. Allá le enseñaron la
ciencia de los caldeos, y tuvo altos cargos en el imperio babilónico y en el persa. Fue perseguido
por su religión, pero fue milagrosamente librado, y vivió hasta edad avanzada, y debe de haber
tenido alrededor de noventa y cuatro años en la época de la última de sus visiones. El libro de
Daniel es en parte histórico, porque narra varias circunstancias acaecidas a él y a los judíos en
Babilonia, pero es principalmente profético detallando visiones y profecías que anuncian muchos
sucesos importantes referidos a los cuatro grandes imperios del mundo, a la venida y la muerte del
Mesías, a la restauración de los judíos y a la conversión de los gentiles. Aunque hay considerables
dificultades para explicar el significado profético de algunos pasajes de este libro, siempre hallamos
aliento para la fe y la esperanza, ejemplos dignos de imitar y algo para dirigir nuestros
pensamientos a Cristo Jesús en la cruz y en su trono glorioso.
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CAPÍTULO I
Versículos 1—7. El cautiverio de Daniel y sus compañeros. 8—16. Su negativa a comer la ración
del rey. 17—21. Su mejoría en sabiduría.

Vv. 1—7. En el primer año de su reinado, Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó Jerusalén y se
llevó consigo a quien quiso y lo que quiso. Es desde este primer cautiverio que la mayoría piensa
deben contarse setenta años. Interesa a los príncipes emplear a hombres sabios; es sabio buscar y
preparar a tales personas. Nabucodonosor ordena que se enseñe a los jóvenes elegidos. Todos los
nombres hebreos tenían algo de Dios en ellos, pero para hacerlos olvidar al Dios de sus padres,
Guía de su juventud, los paganos les dieron nombres con sabor a idolatría. Penoso es reflexionar
cuán a menudo la educación pública tiende a corromper los principios y la moral.
Vv. 8—16. El interés que pensamos que hemos tenido de nosotros mismos debemos reconocerlo
como dádiva de Dios. —Daniel era aún firme en su religión. Siguió aferrado al espíritu de un
israelita sin importar el nombre que le dieron. Estos jóvenes sintieron escrúpulos acerca de la
comida, no fuera a ser pecaminosa. Cuando el pueblo de Dios está en Babilonia, debe tener especial
cuidado de no participar en sus pecados. Es digno de elogio que la juventud no codicie ni busque
los deleites de los sentidos. Los que desean destacarse en sabiduría y piedad, deben aprender a
someter el cuerpo. Daniel evitó corromperse con el pecado; nosotros debemos temer más eso que
cualquier otro problema externo. Más fácil es mantener la tentación a distancia que resistir cuando
está cerca. No podemos aprovechar mejor lo que nos beneficia, que usarlo para alejarnos de pecar.
—La gente no creerá en la ventaja de evitar los excesos y de llevar una dieta austera, ni lo aportan a
la salud del cuerpo si no lo intentan. La temperancia consciente siempre hará más que la
indulgencia pecaminosa por el bienestar en esta vida.
Vv. 17—21. Daniel y sus compañeros se mantuvieron en la fe, y Dios los premió con eminencia
en el aprendizaje. Los jóvenes piadosos deben esforzarse por hacer mejor que sus semejantes en las
cosas útiles; no por recibir alabanza del hombre, sino para la honra del evangelio, y para que sean
reconocidos por ser útiles. Bueno es para un país, y para el honor de un príncipe, cuando puede
juzgar quiénes están mejor equipados para servirle, y los prefiere sobre esa base. Que los jóvenes
presten una sólida atención a este capítulo; que todos recuerden que Dios honra a los que le honran,
pero los que lo desprecian serán estimados en poco.

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